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Aquello no era una habitación, solo recuerdo que estaba negro, todo negro, no era un espacio, supongo que tiempo, y que algo se abrió.
Entonces divisé un entierro, un poco más allá de la cercanía.
Vista a ras de suelo, un terreno de yerba, una alfombra interrumpida por lápidas.
El grupo de luto, esperaba el descenso, el quicio ocultaba el muerto.
Hombres y mujeres de cabeza gacha ante un sol de luz negra que hacía perder la noción del verde.
Y entre ellos encontré un animal salvaje, asistente inesperado en el rito. Lo vi. Vi un león impetuoso que mostraba tanta quietud como los demás.
Seguía con su mirada como el ataúd paraba en el fondo del agujero, callaba como el familiar más sobrio en la escena, llegué a pensar que su alma era casi humana.
La bestialidad calma del instinto salvaje cortaba y descuadraba la coherencia vivida. Sin saber entenderlo. Pero algo muy cierto.
Su gran cabeza y su melena protuberante.
¿Qué hacía allí? Giró su cabeza y me vió.

Su mirada acechante
penetra violando pasmosamente tu coraza mental

Cazado por sus ojos, recorrerá en tu venas el temor frío de haber sido visto por él.
Te sentirías desnudo e indefenso aun estés en la multitud

por mucho que te escudes y te escondas entre otros cuerpos

ya sabe que existes...

Un amigo, por lo que se aprende, porque eso no lo enseñan en ninguna parte, está contigo en el buen momento y en el mal momento. Parece la regla imprescindible para que asi se considere.
Las alegrías fecundan y los dolores dan a luz. Tengo la experiencia de escuchar, de poner los oídos cuando un amigo habla, y sobre todo, cuando habla de marañas contenidas, cuando ya no aguantan dentro, de la mierda, de la vergüenza, del deseo y de lo que según me cuentan con pocos comparten.
Pues llegaste de un larguísimo viaje, un gran tiempo sin verte, sin noticias de ti.
Y viniste a mi tierra. Viniste buscándome para quererme, y nos enredamos como raíces que se aman, yo siempre te he deseado asi.
Carne de tu labios míos, piel mezclada, rozada con ternura, tus ojitos muy cerquita de los míos, tu aire nasal haciendo cosquillas en el bigote, empapado de tu olor y de tu abrazo.
En mi casa nos metimos, y entre los susurros de la cama me abriste tu cuerpo desnudo y me metí todo yo adentro, adentro, comiéndome tu cuello a besos..

Seguramente recuerden aquel capítulo sobre Juan Sin Miedo, de la mítica serie británica de Jim Henson “El Cuentacuentos”, que marcó a la generación de los 80, a la que pertenezco y de la que me siento enamorado. En aquel capítulo, fue especialmente significativa una melodía que sonaba a lo largo del capítulo y que nos hechizaba de fantasía precoz.

Cerrad los ojos. Cerrad los ojos por un momento e imaginad.
¿este soy yo? ¿y por qué? MILAN KUNDERA

no te hastíes de la vida haz algo útil con tu tiempo arroja cuyes a la hoguera piedrecitas a los ríos orina en las iglesias con la complicidad de los mendigos